Noche mágica: el cuento inspirador que cambió para siempre la vida de las Leonas

Si alguna vez escucha o lee que a nivel deportivo no hay nada comparable con los Juegos Olímpicos, crealó nomás. Es como tener 28 mundiales juntos y experiencias que marcan para toda la vida. A deportistas amateurs, semiprofesionales y profesionales. Se gane, se pierda o simplemente se compita.

Cuando el viernes 15 de septiembre de 2000 Carlos Camau Espínola ingresó en el Estadio Olímpico de Sydney con la bandera argentina, un grupo de chicas observaba las imágenes por TV con un dejo de añoranza. Algunas de ellas ya sabían de qué se trataba la ceremonia de apertura olímpica por su experiencia en Atlanta 96. La mayoría, no. Eran plenamente conscientes de que se perdían un momento importante de sus carreras. Pero la recompensa sería enorme dos semanas más tarde. La añoranza se transformaría en lágrimas de emoción, en un sentimiento incomparable, en la revancha que un puñado necesitaba imperiosamente para sanar heridas. Ya eran Leonas.Y luciendo la medalla plateada en el podio, ponían la piedra basal de una era maravillosa para el hockey nacional.

Las chicas no fueron a esa ceremonia no porque estuvieran castigadas: al día siguiente, a las 8.30, debutaban contra Corea del Sur. El horario no resultaba el mayor problema: lo que no podían estar era tres horas paradas, un esfuerzo innecesario y autoconspirador. Por eso, vieron la inauguración desde la Villa Olímpica, a poca distancia. Allí donde el destino había puesto a la delegación argentina en un edificio lindero con los atletas británicos. Banderas de uno y otro país colgaban de los balcones. Todavía eran tiempos en los que el recuerdo de Malvinas generaba un sentimiento especial de “rivalidad”. Nadie en la delegación podía creer que les tocara justo en blocks pegados habiendo tanto espacio disponible.

Cuatro medallas fue la cosecha para la Argentina: dos plateadas (Espínola repitió el segundo puesto de Atlanta en windsurf) y dos de bronce, también en yachting: Juan De la Fuente y Javier Conte en Clase 470 y Serena Amato, en Clase Europa. Pero las Leonas rompieron con todas las previsiones. Que algo bueno estaba por producirse podía intuirse luego de una frase elocuente de la delantera Karina Massota horas antes del debut. “Que me marquen como quieran, total, no me van a poder agarrar…”, respondió a una pregunta de LA NACION.

Pero como en todo proceso de una actuación deportiva, hay momentos determinantes. Y uno de ellos ocurrió tras la derrota con España en la primera rueda que las puso en aprietos para la etapa decisiva: se clasificaron pero sin arrastrar puntos. Tenían algo así como el Everest por delante. Viejos fantasmas se agitaban a la par de la propia indignación por falta de previsión en la interpretación del sistema de juego del torneo.

“Chicas, tienen libre. Vayan a despejarse un poco”, les dijo aquella mañana del viernes 22 de septiembre, luego de una noche interminablemente fastidiosa, un personaje clave de la historia. ¿Cachito Vigil, el meticuloso y entrañable entrenador? No, el Profe Luis Bruno Barrionuevo. El hombre riguroso a la hora de trabajar, pero a la vez el confidente, el cable a tierra. Las chicas salieron y cumplieron el cometido: refrescar la cabeza. Les hacía falta.

El Profe estaba en su quinto Juego Olímpico. Debutó en salto en alto en Munich 72 (el del atentado a los israelíes) y desde Seúl 88 a ese 2000 como preparador físico. Rígido y exigente, sí. Pero a la vez les explicaba el porqué de su metodología. Maldecían por lo bajo cuando las retaba por llegar a las 8.04 en vez de a las 8 para entrenar. Le terminaron agradeciendo por la evolución física y también… por estar.

Cuando volvieron el paseo, Barrionuevo las reunió para contarles una historia que las transformó. Les habló de…

“El cuento era de un buscador que se encontró con una persona vestida de blanco, que lo llevó a un lugar donde estaban los sueños. Esto, nos decía, empezó en los Panamericanos de Winnipeg 1999, con un sueño de clasificarse para los Juegos Olímpicos. Ese buscador se topó con más personas y varios cambios, entre ellos, la tristeza, las emociones. Así, se llegaba hasta una casa en la que se hallaban los sueños irrealizados y los realizados; había un montón de personas contentas, que anotaban en una libretita todos los días que vivían la felicidad. Cada una iba imaginando su sueño. Y en este sueño decía: hay 16 jugadoras de hockey que buscan una medalla”.

El relato fue de una de las Leonas, que agregó: “Cuando terminó la charla, teníamos ganas de entrar ya en la cancha. Nos olvidamos de España. Ahí mismo salió lo de estrenar la camiseta de las Leonas, que estaba reservada para un partido especial. Desde entonces, el equipo fue otro: garra, espíritu, solidaridad. ¡Fue increíble!”.

Un grupo con valores transmitidos por sus dos principales conductores. Las 7 chicas que conformaron la base que dejó el DT Roberto Mendoza y que sufrieron el impacto en Atlanta 96, donde fueron con una enorme expectativa y terminaron penúltimas (perdieron 4 partidos de 7), sentían renacer: Cecilia Rognoni, Magdalena Aicega, Anabel Gambero, Ayelén Stepnik, Jorgelina Rimoldi, Karina Masotta y Vanina Oneto. Se sumaban joyas: Luciana Aymar, Mariela Antoniska y Sole García.

El último día de competencias, ya consumado el segundo puesto frente a la imbatible Australia de la formidable Alyson Annan, parte del plantel fue a ver el partido del voleibol masculino por el tercer puesto que Italia le ganó a la Argentina. Allí terminamos por descubrir la magia de Cachito Vigil cuando hablaba de sus “almitas”, en referencia a las Leonas. Nos contó de su experiencia como actor en una obra de Roberto Artl, se animó a cantar un tema inspirador en plena entrevista y hasta confesó lo que nunca nadie dijo: “Soy hincha de River y de Boca. La aristocracia y el pueblo juntos”.

Tres meses más tarde, casi en Nochebuena, durante el casamiento de Vanina Oneto, en pleno festival carioca la mayoría de las Leonas terminaron desparramadas luego de un trencito inestable, perdidas entre el papel picado y la espuma. Tentadas como teenagers del secundario. Era un grupo que seguía divirtiéndose sanamente y al que la medalla plateada y su experiencia olímpica les había cambiado la vida, pero no su esencia. El boom estaba en marcha.

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